Miquel Segovia Aparicio

Escritor

Vélez Málaga

 

 

RELACIÓN LITERARIA ENTRE MIGUEL HERNÁNDEZ Y MARÍA ZAMBRANO

 

 

Copia del texto relativo a María Zambrano, del libro de la biografía a MIGUEL HERNÁNDEZ, del autor JOSÉ LUÍS FERRIS, editado por Booket en el 2004.

Página 180.- Durante ese tercer viaje conoce a María Zambrano, con quien establece una relación literaria que repercutirá de inmediato en sus postulados ideológicos.

No es nada peregrino apuntar aquí por dónde pudieron ir las conversaciones entre ambos, ya que la joven filósofa, enrolada desde hacía un años en las Misiones pedagógicas, había recorrido los pueblos de España y publicado al respectos artículos tan elocuentes como << Nostalgia de la tierra >>, donde vierte, en su último párrafo, afirmaciones tan panteísta como esta: << Pero el hombre está, vive, sobre la tierra. En ciertas épocas se olvidaba de ella, quiere olvidar esa condición inexorable de su existencia; estar sobre la tierra en tratos con un mundo sensible del que no puede evadirse, tal vez por ventura. Cuando todo ha fallado, cuando todas aquellas realidades firmes que sostenían su vida han sido disueltas en su conciencia, se han convertido en estados del alma, la nostalgia de la tierra le avisa de que aún existe algo que no se niega a sostenerle.>>

Este trozo proviene del artículo << Nostalgia de la tierra>> de abril de 1933 publicado en la revista Los cuatro vientos.

Página 185.-  <<La morada amarilla>>, poema ya comentado que dedica a María Zambrano y que sin duda ha compuesto a raíz de conocerla en Madrid.

Página 190.- Son varios los toque que ha tenido que soportar al respecto, primero de María Zambrano, con esa sutileza suya de amiga verdadera, y después las palabras de Bergamín, clara pero hirientes,

Página 192.- También ha conocido, por mediación de María Zambrano, a un escritor que le sorprende por su frenética actividad cultural al frente de las Misiones pedagógicas. Es enrique Azcoaga,

Página 195.- Miguel se refiere, sin duda, al ya citado Víctor González Gil,  que, además de escultor, dirigía en Talavera la revista Rumbos; a Benjamín Palencia, quien se ha comprometido a ilustrar su libro El silbo vulnerado, si encuentra editor que lo publique, y también a María Zambrano y Enrique Azcoaga.

Página 212.-- Allí (en las Misiones pedagógicas, se refiere) encuentra de nuevo a María Zambrano y conoce al poeta Eduardo Llosent Marañón, (y a otros).

Página 222.- Ha sabido ganarse a casi todos con su inocencia humana y con esa frescura de tierras y de campos que reverbera en él, en su risa blanca cuando estalla de pronto en las reuniones, en la cervecería de Correos, en el domicilio de María Zambrano en la Plaza del Conde de Barajas, los domingos por la tarde con té incluido-allí ha conocido a un joven estudiante aficionado a las letras que dice llamarse Camilo José Cela-

Página 233.- Maruja Mallo la primera mujer que cató el poeta, y lo cierto es que la experiencia vivida entre ambos llegó a ser de voz populi en aquel Madrid de 1935, hasta el punto de quedar recogida en la memoria de testigos de excepción como Camilo José Cela, compañero de Miguel en las tertulias dominicales en casa de María Zambrano y amigo personal del escultor Cristino Mallo, hermano de la pintora.

Página 241.- A mediado de junio es invitado a participar en el homenaje que los poetas tributan a Vicente Aleixandre tras la publicación de La destrucción o el amor. El banquete se celebra en el restaurante Biarritz, el popular salón de Cuatro Caminos, y el ofrecimiento corre a cargo de Gerardo Diego. Entre los comensales se encuentran Pedro salinas, José Bergamín, Fernández Almagro, Enrique Díez Canedo, Pablo Neruda, María Zambrano, Luis Rosales, Leopoldo y Juan Panero Vivanco, Delia del Carril, Arturo Serrano Plaja y Miguel Hernández.

Página 253.- El comentario sobre este desagradable asunto entre dos grandes poetas como Lorca y Hernández no debe pillar al lector desprevenido.

Se han dado suficientes pistas en esta biografía como para hallar respuestas a  algunas de las razones que motivaron este distanciamiento.

Desde luego, testimonios no faltan.

María Zambrano da cuenta de ello en un capítulo de su libro Andalucía, sueño y realidad: << toda aquella pléyade de poetas lo acogió como mejor podía, con excepción de un poeta prometido al sacrificio en modo fulgurante, que experimentaba una especie de alergia por su presencia personal. Y de ello poco supe, pues Miguel acusaba la tristeza, más no la causa. >>

Página 283.- Pero Hernández no es de lo que dejan que las cosas transcurran al libre albedrío de la suerte.

Próximo ya el fin de año, el poeta ha vuelto a las reuniones semanales en casa de María Zambrano.

Sus encuentros con esa vieja amiga desde aquellas visitas a la redacción de Cruz y Raya o, después,  en los viajes de las Misiones pedagógicas, no han dejado de prodigarse.

Pero ahora es distinto. Ahora, tras su último desengaño con la muchacha de La Unión, la proximidad de la joven malagueña le reconforta y le anima a buscar en ella un calor distinto.

Por eso, la tarde de aquellos domingos, Miguel era el primero en llegar al domicilio de la Plaza del Conde de Barajas, aquella casa señorial donde María improvisaba una merienda ligera y preparaba una taza de té para los contertulios.

Entre aquellos jóvenes, Cela y Cristino Mallo, Cernuda  a veces, Miguel deja escapar cierta tristeza que la muchacha capta al vuelo con femenina sagacidad.

María gozaba en aquellos años de un prestigio intelectual fuera de lo común.

Discípula de Ortega y de Xavier Zubiri, prometía convertirse en una de las mentes más preclara del pensamiento español. << Yo la recuerdo -comentaba el pintor Gregorio Prieto- tímida, agradable y deslumbrante en lo intelectual. Y era muy amiga de sus amigos. >>

El contraste, sin embargo, que suponía una joven refinada y de enorme preparación académica con un poeta rudo como Miguel no fue nunca una razón para que María Zambrano rechazara el acercamiento hacia él.

Más bien generó la reacción contraria, toda vez que una sensibilidad como la suya podía ser capaz de distinguir, entre aquel grupo, al muchacho que mejor se ajustaba a su espíritu en unos momentos en que también la escritora también atravesaba una crisis afectiva de parecida magnitud.

Y ocurrió lo que debía pasar entre dos compañeros que superan la línea de la amistad y pisan el delicado terreno del enamoramiento.

Sin pretensiones; sin ansia ni celo de continuidad, María Zambrano y Miguel Hernández se buscaron íntimamente aquellos últimos días de 1935.

Se habían dado las circunstancias adecuadas. Ella trataba de recuperarse de un importante golpe sentimental y Miguel arrastraba el lastre de una crisis que no le permitía ver la luz.

Lo único cierto es que, al acabar las tertulias dominicales y una vez disuelta aquella reunión tan plagada de talento y generosidad, María y Miguel salían a pasear bajo la noche de Madrid, a conversar sin límite.

A falta todavía de encontrar algún documento o carta que corrobore esta breve y hermosa relación entre ellos -e intuimos que los hay-, contamos con un testimonio de la escritora que nos permite pensar, por el tono de sus palabras y el modo de abordar el recuerdo, que algo más que una edificante amistad existió entre los dos:

<< él sufría.  Estaba sufriendo siempre. Lloraba hacia dentro y reía más que hablando cuando, creo que fuera ya el año 35 y el 36, venía a casa y salíamos a pasear por aquellos lugares de la entrada de Madrid, cuesta abajo calle de Segovia para sentarnos algún rato en el puente o sobre alguna piedra a la entrada de la Casa de Campo, solos y como si estuviésemos abandonados.

Por mi parte, pasaba un momento extremadamente difícil y creo fuera ello lo que nos unió tan diafanamente (...). Digo únicamente que Miguel Hernández se acompañaba y me acompañaba más que nadie en ese continuo sufrimiento (...). Era un creyente. Y creyó siempre en lo mismo, en el rayo que no cesa y el amor que no acaba.>>

Página 300.- la decepción que ha sufrido con Maruja y María Cegarra, la leve y circunstancial relación con María Zambrano, propiciada por una situación ya resuelta para ella y, en fin, las tensiones vividas las últimas semanas le conducen a una repentina añoranza de la tierra y de los suyos.

Aquellas palabras de la propia Zambrano que provocaron el poema de Miguel -<<La morada amarilla>>-, 

Página 306.-  " Se me ha olvidado Dios ", dirá simplemente>>

Por otro lado, la única religión que profesó Miguel desde su distanciamiento de Sijé y de la Iglesia fue indudablemente el amor, y la prueba la encontramos en estas cartas a Josefina -<<(a Dios) por ahora no lo necesito, y solo te necesito a ti>>-  y en las palabras de María Zambrano anteriormente citadas: <<Era un creyente. Y creyó siempre en lo mismo, en el rayo que no cesa y en el amor que no acaba.>>

Página 394.- Lo suyo como bien decía María Zambrano, era una simple cuestión de fe, una debilidad de creyente que se empeña en ver amor donde hay mandíbulas y garras, egoísmo feroz, hombres que acechan a hombres:

Página 396.- María Zambrano, que seguía manteniendo con Hernández una amistad verdadera (<< la palabra entre amigos -dirá la escritora- es a menudo hablar entre dientes como consigo mismo y con todos los hombres al par>>, lo encontró por aquellas fechas notablemente transformado: << Fue a la vuelta de su viaje en grupo a la Unión Soviética cuando en Valencia de las últimas veces que le vi, aparecía vuelto hacia dentro, enmudecido. Cualquier pregunta hubiese sido improcedente ya que la respuesta era él, él mismo a solas con aquello que dentro de su ser sucedía.>>

Página 501.- el escultor José María Torregrosa -burlando la vigilancia y exponiéndose a un severo correctivo- realizó entonces los dos dibujos a lápiz que se conservan del cuerpo sin vida de Miguel: Aquellos ojos que acogían, de par en paz, el asombro último; la piel hundida hasta casi el hueso casi desnudo; la boca entre abierta; esos << ardientes retratos>> que, según palabras de María Zambrano, sobrecogían sin remedio.