Manuel Parra Pozuelo

Escritor, poeta y profesor

 

 

PABLO NERUDA Y MIGUEL HERNÁNDEZ : LA POESíA ENTRE EL VINO Y LA SANGRE

 

 

Las coincidencias ideológicas, estéticas y personales entre Miguel Hernández y Pablo Neruda se inician una noche en el Madrid de 1934 en la que, según dijera Miguel, "Nos enfrentamos por primera vez, él con polvo en la frente y en los talones de la India, yo con tierra de barbecho en las costuras de los pantalones. Y me sentí compañero entrañable suyo desde los primeros momentos", y atravesando el tiempo y la muerte, seguirán existiendo, tras la desaparición física de Miguel, hasta el final de la vida de Pablo Neruda.

El deslumbramiento de Miguel ante la novedosa concepción de la poesía de Pablo se manifiesta en su Oda entre sangre y vino a Pablo Neruda, y su consideración de compañero y hermano son evidentes en la dedicatoria de su libro El hombre acecha y en el poema Llamo a los poetas incluido en este libro.

1935 fue un año absolutamente decisivo en la vida y en la poesía de Miguel, fue el año en el que entró en contacto con los más importantes poetas de aquel momento, y en el que optó entre las corrientes que propugnaban diversas concepciones de la creación lírica. Miguel dio a la imprenta, al final del año, el libro que supuso su primer y decisivo éxito, El rayo que no cesa, que salió a la luz el día 24 de enero de 1936, con anterioridad un anticipo de este libro, la Elegía a Ramón Sijé y seis sonetos, publicados en la Revista de Occidente en 1935, habían merecido las elogiosas críticas de Juan Ramón Jiménez, que en las páginas literarias de El sol, en Febrero de 1939, invitaba a todos los amigos de la poesía pura a buscar y leer estos poemas vivos.

A pesar de esta entusiasta acogida del pontífice de la pureza poética, Miguel Hernández ya se había posicionado en la otra orilla de la polémica, en la que defendía, desde hacia tiempo, su amigo y compañero Pablo, tal como el mismo propugnaba en uno de los poemas manifiesto publicado la revista Caballo verde para la poesía, en el que afirmaba:"Así sea la poesía que buscamos, gastada como por un ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, caliente a orina y azucena salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley.

Una poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y actitudes vergonzantes, con arrugas, observaciones, sueños, vigilias, profecías, declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos."

Miguel Hernández, unos días antes de las elogiosas críticas de Juan Ramón, el día 2 de Enero de 1939, había publicado en el Sol una recesión de Residencia en la tierra, en la que hacia explicita su admiración por el que denomina "un poeta de tamaño de gigante", a cuya voz la define como un clamor oceánico que no se puede limitar, un poeta que ve las cosas con el corazón no con la cabeza, Miguel Hernández afirma odiar los juegos poéticos del sólo cerebro, y querer, por el contrario, las manifestaciones de la sangre y no las de la razón, que lo hecha a perder todo con su condición de hielo pensante.

La oposición entre las ideas de Juan Ramón y las defendidas por Neruda, dieron lugar a en unas acerbas críticas a su obra y a su persona, de la que llego a afirmar: "Siempre tuve a Pablo Neruda por un gran poeta, un gran mal poeta, un gran poeta de la desorganización; el poeta dotado que no acaba de comprender ni explotar sus dotes naturales.

Tiene Neruda mina explotada y por explotar; tiene rara intuición, busca extraña, hallazgo fatal, lo nativo del poeta; no tiene acento propio ni crítica llena. Posee un depósito de cuanto ha sido encontrado por su mundo, algo así como un vertedero, estercolero a ratos, donde hubiera ido a parar entre el sobrante, el desperdicio, el detrito, tal piedra, cual flor, un metal en buen estado y todavía bello. Encuentra la rosa, el diamante, el oro, pero no la palabra representativa y transmutadora".

Evidentemente, Miguel, que, en la entrevista publicada en la revista Estampa el 22 de febrero de 1932, afirmaba que el poeta que más le gustaba era Juan Ramón, y esta admiración se refleja en sus primeros poemas, cuando logra la aprobación del maestro, ya tiene otro poeta al que admirar, y su alejamiento del camino de la pureza no vino, como temía Juan Ramón, por lo que denominaba "lo rolaco, lo católico, y lo palúdico" sino por su dedicación a la más impura de las poesías, a la propugnada por el más convencido y peligroso de sus adversarios, por aquel cuyo corazón solo cantaba ente el vino y la sangre.

Con anterioridad a la publicación de la crítica de Residencia en la tierra, en mayo de 1935, Miguel Hernández había escrito su Oda entre sangre y vino a Pablo Neruda, en la que, según afirmó Marié Chevalier, es evidente el reflejo de dos poemas nerudianos, el poema número 1 de El hondero entusiasta, y Hago girar mis brazos como dos aspas locas y Estatuto del vino de Residencia en la tierra, sin que pueda negarse la presencia de los dos poemas en la Oda, a nuestro entender, no es sólo la fascinación por Neruda la que le conduce a retratarlo o describirlo con imágenes derivadas de sus propios poemas, sino que la percepción que Miguel tenía de su amigo era coincidente con la que el mismo reflejaba. El poema, de ciento treinta versos, distribuidos en quince a modo de estrofas o agrupaciones vérsales es uno de los más extensos de Miguel. Ya en su introducción, en la que se describe la taberna como el lugar más idóneo para el canto, aparece uno de los escenarios que estará unido indisolublemente a la imagen literaria que Miguel Hernández ha reflejado de Neruda; en Llamo a los poetas de El hombre acecha y en el prólogo de este libro también existen referencias a estos lugares, que efectivamente eran habitualmente visitados por los dos, y es allí donde Miguel cita a Pablo Neruda definiendo éste ámbito como deleitoso , tras constatar , en la agrupación estrófica segunda que en él hay un rumor de fuente vigorosa, y un ansia de brotar.

A este lugar, arriba Pablo, cargado de corazón y no de espalda, entre apariencias de océano que ha perdido sus olas y sus peces. La peripecia personal del poeta no era ajena a lo descrito, por una parte, había sido cónsul en exóticos países, en Ceilán, en Batavia y Singapur, y había realizado prolongadas travesías por aquellos mares, por otra, su actitud de abandono dolorido y generoso también estaba presente en su poema El estatuto del vino, incluido en Residencia en la tierra, e incluso los rasgos personales de Pablo que más impresionaron a Miguel se reflejan en esta estrofa, en la que se alude a la comitiva de sonrisas que le acompañaba. En la quinta agrupación estrófica (vv.19-25) finaliza la presentación del mitificado poeta que, mediante una enumeración caótica se retrata ante paredes que chorrean "capas de cardenales y arzobispos y mieras, arropias, humedales", que simbolizan aquellos elementos benéficos y cordiales que podrían otorgarle la dulzura.

En la sexta agrupación estrófica (vv.26 a 28) la atención del autor de la Oda se centra sobre él mismo, anticipando sus más continuados y auténticos deseos, los que le han hecho anhelar "siempre, siempre, siempre," habitar en un fondo de mar o en un cuello de hombre, que son coincidentes con lo evocado y nombrado en la voz que le llegaba desde tan alejados ámbitos.

En la agrupación versal séptima, el vino, uno de los elementos simbólicos que dan título a la Oda, acude a la llamada de Neruda y en una imagen visionaria se transforma en un rabo lleno de rubor y relámpagos que nos relame, muy bueno y nos circunda de vasijas llenas de dulces líquidos que el ruiseñor debería beber para hacer su canto aún más bello.

La continuada y caótica enumeración prosigue en la siguiente agrupación en la que los elementos que la integran y simbolizan lo químicamente bello y excitante llegan a nuestra sangre. De la que, en la posterior agrupación versal, surgen como consecuencia de la incorporación a la misma de los altos privilegios de la emoción humana, símbolos inequívocamente eróticos expresados mediante reiterados paralelismos que reflejan su incansable actividad," vibra martillos, alimenta fraguas, besos incuban, fríos aniquila", que concluyen con emblemático animal muy próximo a las vivencias personales del autor,"chivos locos".

El poema adopta una muy precisa temporalización en la siesta, en la que todo, menos la sangre, es tregua y horizonte, mientras vivimos entre avispas coléricas y abejorros tañidos, racimos revolcados, culebras que se elevan, chicharras, aeroplanos, cuchillos afilándose y un diluvio de furia universal.
Es entonces, cuando Pablo Neruda se hace visible y presente para Miguel Hernández, que lo retrata resucitando condes, desenterrando amadas, y cantando y desangrándose, es decir, yendo hacia la muerte, derramando la vida y simultáneamente reflejando el dolorido sentir que el inevitable paso del tiempo provoca.

La que pudiéramos denominar agrupación estrófica doce se dedica a explicitar lo que acompaña al sangrar, si el que sangra se ensimisma y mira más allá de "allases", quizá hacia las legendarias tierras en las que había residido.

Cuando regresa a su intimidad, Pablo Neruda demuestra, desangrándose, la pureza existente al soltar las riendas a las venas y es entonces cuando Miguel Hernández ve en el poeta que llegó de tan lejos, coincidencias de barro, mientras los rebeldes al vino y a la sangre, los boquiamargos y cejijuntos, son santos tristes, o tristes santos que niegan a las venas y a las viñas su desembocadura natural, cuando es la vida la que pasa con sus tetas al aire. Llamamos la atención sobre esta expresión denostadora de lo naturalmente humano, de lo atractivamente sexual, que nos huele a huerta y a campo y de este modo epicúreo y profano fue interpretado por Ramón Sijé, en carta enviada a Miguel Hernández, en la que afirmaba: "Nerudismo (¡qué horror!), Pablo y selva, ritual narcisista e infrahumano de entrepiernas, de vello de partes prohibidas y prohibidos caballos."Y, ciertamente, tal como se afirma en estos versos: "Todo entonces es chicharra loca, besos, brazos, cuyo destino es abrazar".

Ya callado y encomendándose al alba, describiendo letras y serpientes Pablo Neruda sale a una tierra (España, Madrid) bajo la que existen yacimientos de toros, toreros y tricornios.

En las palabras con las que Miguel Hernández dedicó a su libro El hombre acecha al admirado poeta que había llegado de tan lejanas tierras escritas cuando la guerra incivil estaba a punto de concluir, reitera los símbolos presentes en la Oda que acabamos de comentar, iniciándose precisamente con el recuerdo de las madrugadas, ya tan lejanas, del Madrid de la casa de las flores. Miguel da cuenta su amigo de sus negros presentimientos y del rosal sombrío que se cierne sobre él, y ve a su alrededor bocas cenicientas, pálidas de no cantar, no reír, resecas de no entregarse al beso profundo, y no podemos menos que recordar aquellos santos tristes de la Oda.

Sin embargo, al final del prólogo, en un voluntarioso ejercicio de optimismo, anticipa y presagia que las tabernas seguirán irradiando el resplandor más penetrante del vino y la poesía.

Por último, reseñar que en el poema Llamo a los poetas, también incluido en El hombre acecha, Pablo Neruda es situado, junto a Vicente Aleixandre, en la primera posición de todos los citados, poniendo así de manifiesto su privilegiada ubicación en el recuerdo y el corazón de Miguel, que junto a ellos se ha sentido menos solo, rodeado también por Antonio, Luis, Juan Ramón, Emilio, Manolo, Rafael, Arturo, Pedro, Juan Antonio y León Felipe, a los que reiteradamente invoca para hablar, junto con Federico, del vino y la cosecha.