ALEDO PINA, Matías

 

Nace Matías en la Mancebería el 13 de Noviembre de 1885, en plena epidemia de cólera; es el penúltimo de los trece hijos que tuvo Don Estanislao Aledo, Decano del Gremio de Sastres y redactor del periódico carlista "La Margarita". A muy temprana edad, y contra la voluntad de su padre, que quería que fuera sastre, entra de aprendiz de pintor en el taller que en su misma calle, tenía José Sánchez Roberto (Corina). Tanto Corina como su maestro, Vicente Navarro, tutelaron el aprendizaje del joven Matías. Gracias a ellos asiste a las clases nocturnas que los P.P. Jesuitas impartían en el Colegio de Santo Domingo; allí estudia dibujo con el Hermano Canudas, excelente pintor de caballete.

Contaba Matías dieciocho años cuando falleció Corina, dejando iniciada la decoración de la Iglesia Arciprestal de San Pedro de Novelda. El joven discípulo tuvo que terminar el trabajo, firmando en nombre de su maestro. Junto a otro oficial de Corina, Estanislao Maciá, heredan y mantienen el taller.

En 1906 se truncan sus esperanzas de hacer el servicio militar en Madrid y ampliar conocimientos en el Museo del Prado.

Casa en 1910 con Emilia López y Martín de Ambrosio; desde ese momento se dedica por entero a la decoración, intercalando algún que otro lienzo. Su taller trabaja por las provincias de Alicante y Murcia y de él salieron pintores como R. Calatayud, Esteve, Gilabert, J. Sánchez Hernández, J. Aráez, J. Maciá, Peñalver Cases. Estos talleres eran itinerantes. Matías se desplazaba con su familia, oficiales y aprendices, donde el trabajo lo requería. Decoraba principalmente iglesias, ermitas y casas palaciegas de campo y ciudad. Se conservan trabajos suyos en Novelda, Dolores, Balsa Pintada, Pinoso, Montesinos, la Mata, los Balcones, Lo Ferrís y Orihuela. Muchos otros se han perdido.

Después de la Dictadura de Primo de Rivera, Matías trabaja de Maestro Pintor para la empresa de autobuses de Don Carlos Díe Cecchini y, tras la Guerra Civil, en 1939, entra en la Caja de Ahorros de Nuestra Señora de Monserrate como pintor de la entidad.

Muere Matías Aledo, a los 76 años, el 4 de Mayo de 1961; un mes antes había regalado su último cuadro al "Cesar de los Romanos" Luis Boné.

Pertenece Matías a esa generación de pintores que tuvieron que abandonar la pintura de caballete por la decoración; sin embargo nunca perdieron la conciencia de ser artistas.

Ilustra y emociona la frase con la que Vicente Navarro, que debía pagar una peseta al aprendiz Matías, al negarse a aceptarla Don Estanislao, le regala una pintura con un San Antonio, profetizándole: "Algún día valdrá mucho más".

Profesionalmente eran pintores completísimos: preparaban sus colores, adobaban lienzos, doraban, pintaban al fresco, restauraban, etc. Su repertorio ornamental lo hereda Matías en láminas, tramas y plantillas del taller de Corina. Para sus cuadros se inspiraba en tarjetas y apuntes del natural, asimilaba las formas y las repetía de memoria en el taller.

Su gusto, tema y estilo estaban condicionados, como en toda su generación, por Joquín Agrasot. Es amigo de los pintores Monserrate Fenoll Martínez, Ramón Rebollo y Enrique Luis; con éste mantenía un amistoso pique artístico; Matías decía de él que era un excelente copista, pero fallaba en la creación. Ambos participaron en 1903 en la Exposición Provincial de Bellas Artes de Alicante.

Consideraba cumbre la pintura de Goya y Velázquez, era buen conocedor de los Vicente López de las Salesas, prefiriendo sobre los demás lienzos el de San Francisco de Asís y el de San Fernando. Admiraba la obra que Eduardo Vicente hiciera para la Catedral. Conocía la pintura del siglo XX por referencias literarias y la revista "Blanco y Negro"; en palabras suyas, despreciaba la Pintura cubista y no le daba valor.

Son interesantes sus opiniones sobre conservación del patrimonio monumental. Matías asesoraba al que fuera Alcalde de Orihuela, Don Francisco Díe Losada. Según el maestro, no debía tirárse ningún elemento arquitectónico de carácter histórico-artístico, debía reconstruirse total o parcialmente la ornamentación. En caso de ruina total del inmueble, debían conservarse los elementos característicos de la arquitectura oriolana: la fachada y portada, el zaguán-cochera y la escalera con claraboya.

Otro de los sueños de Matías fue la creación de un Museo para artistas nacidos en Orihuela: pintores, escultores y bordadores.

Lo que el maestro pedía para Orihuela y sus artistas no lo pedía para él. Ganó dinero con la decoración, pero pintaba sus cuadros para regalarlos, por vocación o para exhibir su habilidad; luego los colgaba, rompiendo el lienzo, de un alambre en el taller.

La pintura de Matías nace anacrónica; muerta para el siglo XX. Si la pintura de Picasso o Kandinsky sigue viva, es presente y futuro e identifica nuestro tiempo, la de nuestros maestros ornamentales es pasado. Y en la nostalgia del tiempo perdido, el trabajo artesano y la humildad recobran todo su valor. Se hubieran equivocado si, por mimetismo, pintaran a la moda de la intelectualidad europea; ellos no lo eran, su entorno no lo era. Ellos nos dejaron la imagen provinciana de un mundo lento, contenido, que no volverá. Si "Retrato con línea verde" de Matisse es un hito para la cultura universal, "La torre y el mar" y "Camino de la ermita" de Matías Aledo nos evocan el paisaje costero y campesino que los oriolanos hemos perdido para siempre.

Matías, sobre todo paisajista, consideraba que el cenit de la pintura era la figura humana y el desnudo. Paradójicamente, nunca se atrevió a pintar ninguno; sabido es el prejuicio de la pintura española con la carne. Sus cuadros figurativos son obras de juventud, cuando conservaba toda la ilusión del artista. El primero es una copia, primorosamente dibujada y sombreada, exquisita y elegante, sin duda reproducida de algún cartel modernista. La segunda, de peor dibujo, parece inspirada en un cuadro de Joaquín Agrasot y pintada de memoria. Entrados los años, Matías reconocerá que la figura y las carnaciones no eran su fuerte. Así, para una Virgen que pinta como regalo a su esposa, solicita la colaboración de su amigo Monserrate Fenoll, para que le ayudara en manos y cara.

Nunca lamentaremos bastante los escasos paisajes que Matías trata del natural. Los mencionados "La torre y el mar" y "Camino de la ermita", realizada poco después de su boda, muestran un artista en plenitud técnica. Mancha con seguridad, modela con pinceladas sueltas, de color preciso. Su sensibilidad capta el reflejo de la luz en los paisajes de nuestros campos, fijándola para siempre.

Pero la mayoría de las veces Matías pintaba de memoria, ayudado por fotografías que él interpretaba.

Aprendía el maestro a pintar el mar y el cielo en Lo Ferrís; una vez retenidos en su memoria, los reproducía añadiéndoles barquitos, rocas y pescadores.

Por exigencia de su oficio, Matías dominaba el repertorio ornamental de flores y frutas que repetía automáticamente. Buen ejemplo de su especialización, mientras trabajaba en Pinoso, es pintar mamparas para cocinas de leña con floreros y frutos.

Los trabajos decorativos de Matías y los pintores de su generación eran muy variados. El más solicitado era la pintura parietal al falso fresco (temple sobre estuco); otros encargos eran la simulación de tapices (temple sobre arpillera) para cobertores conmemorativos; fue famoso el que hizo Matías para la inauguración de la Plaza de Toros en 1907. En Orihuela Matías hizo importantes decoraciones; quedan en el recuerdo: techos para el Capitán Monleón y entrada de Don Luis Riquelme, en la calle de José Antonio; techos de Doña Magdalena Lacárcel en la calle de San Pascual; los de la Sta. Cechini y Doña María Díe en la calle de la Feria; los salones de Don Antonio Alonso y los de don Agustín Caballero en la calle de Santa Lucía; los de Don Evaristo Canovas, Don Pedro Portau, Don Balbino de Burunda y Rebagliato y Don Francisco Montero, todos en la calle de San Agustín. Finalmente, los salones de la casa Palacio de la subida al Seminario para Dña. Filomena Mejías, vizcondesa de Huertas.

Especialidad de los discípulos de Navarro era la pintura al transparente, falsas vidrieras. Esta técnica que permite la transparencia del óleo sin alteraciones de color, fue enseñada al maestro José Sánchez Roberto por un pintor holandés que, trotamundos, recala en Orihuela a mediados del siglo XIX. Guardada como secreto entre los oficiales de Corina y Matías, con ella hacían los maestros falsas vidrieras para decorar las ventanas de nuestras iglesias; buen ejemplo son las de Corina que decoran la iglesia de Santiago. Curiosos eran los encargos de cintas decoradas para las carreras de bicicletas o escudos heráldicos.

 

 


 

 

 

 

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